
No parece este el primer libro de un poeta. Más bien, el libro de una poderosa voz poética, pues carece de todos los reproches de la precipitada juventud. Sin embargo, la frescura, el aire nuevo de estos poemas nos hace pensar en un modo distinto, sin alzar la voz artificiosamente, de entender la palabra como un susurro que despierta suavemente el sentido y la sensibilidad. Ya podemos despedirnos de la época intocable de los grandes caracteres. Selecciono un poema que me gusta especialmente:
El susurro del polvo
Me sobreviviréis
sin excepción, objetos:
lámparas, llaves, vasos,
cuartillas, ceniceros,
líneas rectas y curvas
que ajenas dibujáis
mi camino y mi cuerpo.
Y sobreviviréis
también a la memoria
de todos los que un día
poblaran con vosotros
su lengua y sus vitrinas,
su muda arqueología.
Lo que venga después
no habita en las palabras
y puesto que la tierra
reclama cuanto es suyo
—forma, no sentido—
es inútil trataros
como a un testamento.
El bien y el mal
no pasarán de aquí,
ni el frío, ni el infierno.
Sujeto por la percha
de una interrogación
vivir es predicado.
Y por eso os arrastro
más acá del silencio,
mientras cuelgo mi ropa
usada ya, sin dueño,
en un armario, al fondo,
donde sólo se escucha,
como nieve que cae,
lenta, sin viento,
el susurro del polvo.